CORAZÓN ROTO NO ES SINÓNIMO DE MUERTO

-¿Por qué me miras con esos ojos vacíos? -Me dices-.

-Porque ya no siento nada. -Pienso-.

Porque antes acercarme a tus labios era un latido que mata. Un salto a tus carnes. Un quédate conmigo. Era la playa en invierno que tanto me gusta. Era tu olor en mi chaqueta. Era una noche sin dormir porque no nos dejaban las ganas.

No sé con qué ojos mirarte, amor, cuando has dejado de ser culpable para ser cualquiera. Y ahora besarte ha sido estrellarme contra el pasado que ha venido para hacerte daño solo a ti. El beso ya no me pide que vuelva aunque tú  lo repitas en alto.

Hoy tú has llorado sobre mar sin miedo a que yo lo note.

Y yo, yo hoy he soplado todo el polvo que no echamos.

 

LA DUDA QUE ACARICIA

Y quizás seamos eso. Un oasis.

En un lugar desértico, de montañas rocosas, de aire de tormenta, de arena que hace daño.

Quizás seamos eso.  Un refugio de tinieblas, un lugar de descanso, una parada de calma.

Una cicatriz que cierra.

Quizás seamos esa línea recta de la que siempre hemos huido. Esa caricia segura. Ese beso en la mejilla. Ese abrazo de consuelo.

Ese porqué no.

Porque tú lo sabes.

Porque yo no.

Quizás seamos un quizás y esa es la duda que más duele y a la vez la que más une.

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ESTO NO ES UN HASTA LUEGO, ES UN ADIÓS.

El problema no era que no quisiera despedirse; era no haberlo hecho. Salir con el adiós agarrotado en los huesos y, colgando de las manos, el papel con el destinatario emborronado.

 La dificultad residía en la cantidad de espacio que ocupaba un silencio forzoso para aquellos que no saben ordenar algo tan pequeño como un corazón. Invade demasiado territorio los mutismos obligados y las esquinas estaban empezando a agrietarse con la excusa de no querer nada (ni nadie) más.

Había establecido unas pautas de convivencia cabeza y ella: nunca más. Pero debió saltarse la firma que otorga compromiso a realizar. Por temor se guardó besos en el bolsillo y fingió no ser ni puta ni poeta. Desempolvó la normalidad que cierta vez manejó, decidiendo con ella probar suerte; olvidando que su número favorito era el trece. De nada sirvió la prudencia de quedarse en sus adentros con reserva de ganas y otro puñado de cosas que ahora le exceden. El problema era que ella quería quitarle todo; empezando y terminado por la ropa, y dejarla en el suelo para que les salvara lo que a todos de la muerte: el amor. Y ya no tiene nada más que quitarle, salvo una quincena de dudas. Pero sigue queriendo ponerle.

Dice que nadie le explica por qué cuando camina descalza en un cuerpo se raja los pies pero sin embargo, se desangra primero por el corazón.

No se da cuenta de que eso es así porque tiene.

Y nada más.

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