Feliz cumpleaños a ti.

Actualizado: 1 nov 2021

Feliz cumpleaños a ti. #Confinados

Hoy es el cumpleaños de mi primo Raúl, el tercero en mi familia en soplar velas confinado. Primero fue mi tía Toti, que lo está viviendo valiente y sola. El segundo, mi primo Fernando que está manejando junto a Elena la energía de un niño de dos años. Es probable que si no llamo ahora me olvide de la felicitación, pero aquí en el jardín hace sol y el teléfono está lejos. En mi familia todos conocen y aceptan ya mis desastres; casi con tanto amor que he dejado de sufrir por ello.



Historias del pasado.

Me críe en un pueblo de Toledo y siempre me sentí una niña libre. Éramos, con mis padres, ocho tíos, —nunca diferencié entre hermanas de mi madre o maridos de—, un abuelo con dos dientes, y ocho primos —donde entramos mi hermano y yo—. A mi abuela nunca la conocí, en lugar de las ausencias estaba mi tío Boni y mi tía Carmeta, lo más parecido a unos abuelos extra aunque vivían en Barcelona, junto a sus hijos y sus nietos.

La casa de mi abuelo, estaba a las afueras del pueblo, no por tranquilidad en el campo sino porque era la que en su día pudieron pagar. Aquello era como un pequeño barrio de seis casas donde todos nos queríamos. La vecina más cercana era la tía Magdalena, una curandera que me quitaba el dolor de tripa con sus manos y el susto con sus rezos —nunca entendí su poder hasta hace tan solo unos años—. Su hija María Jesús, me mecía en sus rodillas y me contaba historias mientras me acariciaba la espalda, tenía cuatro hijos que para mí eran también, por supuesto, parte de la familia. Mis primos, los de verdad, me sacaban entre nueve y diecisiete años, no escondieron conversaciones, me presentaron a todas sus parejas y hablaban con naturalidad de lo que a sus padres no contaban. Cuando ellos llegaban de Madrid, la casa del abuelo se llenaba: los primos, sus amigos, los vecinos que pasaban a ver y hasta Melendi una vez llegó, pero esa es otra historia que a mí no me corresponde contar. Lo que quiero decir es que aquella casa estaba abierta para todo el mundo, porque mis tías cocinaban siempre raciones de más, por si viene Richard Gere, decían. Y yo, desde mi cuerpito pequeño pensaba: “¡Qué asco la ternera en salsa! Pero qué felicidad quitar las chichas del plato, si es porque mis primos están en casa, incluso cuando ese tal Richard nunca viene y me toca repetir esta m*****”. Era feliz.

De junio a septiembre la alegría era permanente, todos estábamos allí. Además, a mí en agosto me tocaba soplar las velas. Mis amigos se mezclaban con los mayores, la ropa vieja era obligatoria y el bañador un accesorio imprescindible. El 5 de agosto era el mejor día del año, una celebración que nos llevaba un par de semanas preparar. Las invitaciones eran hechas a mano con mi madre, había yincanas con premio y la tarta era siempre una sorpresa. Con el pastel lo aprendí: los deseos que no dependen de una misma, casi nunca se cumplen; ningún cinco de agosto duró eternamente. Ya sin velas que soplar, sin deseos que pedir y sin regalos que abrir, mis primos volvían a Madrid y yo lloraba hasta tener fiebre. Era el primer aviso de que el dolor que empezaba en el corazón me acababa sacudiendo todo el cuerpo.




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